jueves, 16 de septiembre de 2010

El General Emiliano Zapata y la Revolución Agraria del Sur

Emiliano Zapata y la Revolución Agraria del Sur
Por Edgar Rojano




Nunca ha habido un hombre
más íntimamente ligado a la historia de su pueblo
que Emiliano Zapata.
Jesús Sotelo Inclán.


Cierta ocasión don Gabriel Zapata lloraba desconsolado por la pérdida de las tierras del pueblo de Anenecuilco a manos de los “poderosos amos” de las haciendas azucareras; su pequeño hijo Emiliano, que presenciaba la escena, juró que cuando fuera grande habría de conseguir que les restituyeran sus tierras. No pasaría mucho tiempo para que cumpliera con su promesa.


          Emiliano Zapata nació el 8 de agosto de 1879 en el pueblo de Anenecuilco, de la Villa de Ayala; muy joven, a los treinta años, fue electo por sus vecinos como representante para la defensa de las tierras de su pueblo que, como otros muchos del estado de Morelos, luchaban contra la voracidad de las haciendas cañeras.


          Miliano, como le decían cariñosamente, pertenecía a una familia cuyas raíces podían rastrearse hasta los días de la lucha por la Independencia nacional. Personalmente había colaborado en la solución de los problemas de su comunidad y simpatizado con la oposición política en Morelos; tenía unas cuantas hectáreas que trabajaba por sí mismo. Gustaba de los caballos. La inglesa Rosa King, dueña del Hotel Buena Vista de Cuernavaca y que conoció personalmente a Zapata, recuerda que “era moreno, como suelen serlo los hombres de Cuautla, y bajo el bigote negro y espeso relucían los hermosos dientes blancos. Vestía el traje de charro de los rancheros, siempre pulcro…”


          Zapata pronto tuvo que actuar, a mediados de 1910 y ante la negativa de los dueños de la Hacienda del Hospital para permitir la siembra de temporal, decidió el reparto de tierras. Las reivindicaciones campesinas pronto coincidirían con el reclamo de “Sufragio Efectivo. No Reelección” enarbolado por Francisco I. Madero. Durante los días de feria en Villa de Ayala, en marzo de 1911, Pablo Torres Burgos, Rafael Merino y Emiliano Zapata se amotinaron; a partir de ese momento empezaron a sucederse los levantamientos en varias partes del estado. El acercamiento con el maderismo llenó de esperanza a los campesinos morelenses pues esperaban el cumplimiento del Plan de San Luis, en el sentido de que era de toda justicia restituir a sus antiguos dueños los terrenos de los que habían sido despojados de un modo tan arbitrario. Sólo que la promesa maderista nunca pudo cumplirse, lo que provocó el distanciamiento con Zapata y los suyos.


          Madero, el demócrata pasó a ser, a ojos de los zapatistas, un traidor a la Revolución. Para reivindicar los ideales, los revolucionarios de Morelos promulgaron el 25 de noviembre de 1911 el Plan de Ayala que sintetiza sus aspiraciones:


          Como parte adicional del plan que invocamos, hacemos constar que los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la justicia venal, entrarán en posesión de esos bienes inmuebles desde luego, los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos, correspondientes a esas propiedades, de las cuales han sido despojados por la mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance con las armas en la mano la mencionada posesión, y los usurpadores que se consideren con derecho a ellos lo deducirán ante los tribunales


Como parte adicional del plan que invocamos, hacemos constar que los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la justicia venal, entrarán en posesión de esos bienes inmuebles desde luego, los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos, correspondientes a esas propiedades, de las cuales han sido despojados por la mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance con las armas en la mano la mencionada posesión, y los usurpadores que se consideren con derecho a ellos lo deducirán ante los tribunales
especiales que se establezcan al triunfo de la Revolución.                               
          A partir de ese momento, el Plan de Ayala se convirtió en la bandera que los zapatistas empuñarían en contra de los sucesivos gobiernos revolucionarios. Esta defensa tenaz de los principios agrarios resultó incomprensible para muchos personajes de la época, no así para los campesinos quienes sentían un profundo apego a su tierra. El general Zapata se lo hizo saber a Francisco Villa durante su entrevista en Xochimilco, el 4 de diciembre de1914: “Le tienen mucho amor a la tierra. Todavía no lo creen cuando se les dice: Esta tierra es tuya. Creen que es un sueño. Pero luego que hayan visto que otros están sacando productos de estas tierras dirán ellos también: Voy a pedir mi tierra y voy a sembrar. Sobre todo ése es el amor que le tiene el pueblo a la tierra. Por lo regular toda la gente de eso se mantiene.”
          Durante la utopía zapatista en Morelos se decretó que los pueblos tienen derecho a elegir libremente a sus autoridades; se decretó la libertad municipal; se echaron a andar los ingenios azucareros para el beneficio colectivo; pero lo más importante: se buscó redimir a la raza indígena devolviéndole la tierra y con ello la libertad. En plena Revolución y bajo sus usos y costumbres, los zapatistas iniciaron el reparto de parcelas. La Revolución les empezaba a hacer justicia.
          Pero los tiempos eran difíciles para el zapatismo. En febrero de 1917 un Congreso Constituyente convocado por Venustiano Carranza promulgó la nueva Constitución de la República que contiene reformas agrarias. Por otro lado, los revolucionarios de Morelos se encontraban aislados y debilitados militarmente.
          En ese contexto, el general Emiliano Zapata recibió una petición de Jesús Guajardo, coronel que obraba bajo el mando del general carrancista Pablo González, para unirse a sus filas. Zapata aceptó y para sellar el pacto decidieron reunirse en la hacienda de Chinameca el 10 de abril de 1919. El relato de la traición es estremecedor: “El clarín tocó tres veces llamada de honor, al apagarse la última nota, al llegar el General en Jefe al dintel de la puerta… a quemarropa, sin dar tiempo para empuñar ni las pistolas, los soldados, que presentaban armas, descargaron dos veces sus fusiles y nuestro inolvidable General Zapata cayó para no levantarse más.”
          La noticia corrió como reguero de pólvora, y a pesar de que su cuerpo fue exhibido en el palacio municipal de Cuautla, la incredulidad –o más bien la negación a perder a un miembro de la familia- se apoderó de los zapatistas. Desde entonces, cuenta la leyenda, y hasta hoy en día, se sabe que Zapata no murió, que un compadre suyo se lo llevó a Arabia, donde todavía anda cabalgando, haciendo soñar a la historia.

http://www.zapata.bicentenario.gob.mx/

Diez datos curiosos sobre el Plan de Ayala

El brusco poema de la tierra

Emiliano Zapata: El brusco poema de la tierra
Por Salvador Rueda Smithers


I



El cadáver de Emiliano Zapata, destrozado por las balas, fue arrojado al pavimento en una calle de la ciudad de Cuautla. Eran casi las nueve de la noche, calurosa como todas las de la estación seca morelense. Unas horas antes, hacia las dos de la tarde, el jefe revolucionario había sido asesinado cuando llegaba a comer a la hacienda de Chinameca, ingenio azucarero hecho cuartel. Los testimonios afirman que montaba al alazán “As de Oros”, caballo de buena estampa —muy de su gusto— que le regaló poco antes quien lo traicionaría ese mediodía azul y cargado de cigarras. Aunque la prensa adicta al presidente Venustiano Carranza festejó la muerte “en valeroso combate contra el Atila del Sur”, la verdad se supo rápidamente: Zapata cayó en una trampa, engañado no sin vileza por el coronel carrancista Jesús Guajardo.


         Era noche oscura, y los curiosos se acercaban para ver entre penumbras el rostro hinchado del caudillo suriano. Unos sonrieron, satisfechos de atestiguar el final de una larga rebeldía; eran los hombres de Guajardo y de su superior jerárquico, el general Pablo González. Pero otros, incrédulos, dijeron con estremecimiento que algo no concordaba; las fotografías muestran un cuerpo sanguinolento y sucio, de cara redondeada por los efectos de la violencia y el calor, muy distinto al elegante charro que, aunque acorralado militarmente y carente de fuerzas bélicas, no había perdido sus singulares signos de Jefe —entre ellos el vestir bien—. La extrañeza era de otra índole: decían que le faltaba un lunar en forma de manita, o que tenía los dedos completos (mientras que a Zapata le faltaba una falange del meñique), o que no tenía la cicatriz de la cornada, o que estaba muy gordo… ese muerto no era Zapata.


II



Terminaba el jueves 10 de abril de 1919. Fue el principio, espontáneo entre los que miraban en el suelo el maltratado cuerpo de una leyenda con tonos de esperanza mesiánica: como rumor se dijo que el Jefe no murió, sino que “se chispó” para Arabia, salvado a tiempo por su compadre árabe, mientras que su doble, un hombre que se le parecía, se sacrificó. El árabe lo llevó a su tierra, lugar simultáneamente lejos y cerca ubicado en una geografía fantástica, sitio del Éxodo bíblico. Desde esa Arabia, algún día regresaría para vengar remotas afrentas y administrar la justicia que prometió la Revolución del Sur. La leyenda de este raro exilio corrió por el centro de Morelos y sobrevivió en la memoria de los veteranos zapatistas hasta el último tercio del siglo XX.


         El legendario escape se agregó, como epílogo, al relato biográfico del héroe local con los valores construidos a lo largo de la guerra revolucionaria. Al final del relato de la leyenda, el signo Zapata había cambiado todo: los ritmos del tiempo, al mundo, a la gente. Nada continuó como era en tiempos de Porfirio Díaz; de hecho, el porfiriato era un tiempo liquidado por la presencia del caudillo-símbolo de la Revolución: era el inicio de una nueva época, un tiempo sin haciendas ni hacendados.


         No fue el único resultado de la emboscada en Chinameca. Otra leyenda comenzaría tres años después, el 10 de abril de 1922, cuando el presidente Álvaro Obregón, su antiguo enemigo, conmemoró oficialmente la muerte del suriano y declaró al día efeméride luctuosa nacional. De paso, cubrió el vacío dejado por la ya olvidada fecha patriótica de abril, que se disolvió a la renuncia de Porfirio Díaz al comenzar el proceso que ahora acababa: la del 2 de abril que se festejó durante el largo periodo porfírico hasta 1911. A partir de entonces Obregón hizo suya la rebeldía zapatista como germen del nuevo estado y calificó a Morelos y a los morelenses como ejemplo y simiente de la reforma agraria que se proyectaría como característica del México revolucionario. El diario El Demócrata que se había alegrado por la muerte del Atila del Sur en 1919 publicó en 1922: “Los hombres que, como Emiliano Zapata, alzando su figura por encima de la humanidad, alentados por ideas sublimes y magnánimas, ofrecen su sangre, su vida y todo cuanto valen, en aras de las aspiraciones comunes, olvidándose de sí mismos, desprendiéndose de los atávicos egoísmos de los insolentes y convirtiéndose en apóstoles de altísimos ideales”. Por supuesto, la desmemoria como máscara del interés político no era invento novedoso; ya nadie recordaba, por ejemplo, que once años atrás, en el diario El País se acuñó el apodo que probó su eficacia durante toda la década: el Atila del Sur. Hacia 1922 se comenzaba a construir el panteón de héroes revolucionarios, y en ese momento la figura de Zapata se perfilaba como abanderada histórica de una política agraria que rebasaría los ámbitos regionales para volverse proyecto nacional. En las décadas siguientes, se repitieron los calificativos en cada celebración oficialista del 10 de abril, hasta convertirlos en los lugares comunes menos convincentes de la multitud que puebla el martirologio mexicano.


         Paralelamente, el caudillo suriano dejó de ser tan sólo un héroe rural a través de las prácticas agraristas y nacionalistas gubernamentales, pero sobre todo, se universalizó con la proyección de los expositores más influyentes de la época: los artistas plásticos. Para las generaciones posteriores a la revolución, la denigrante caricatura política de la década de la guerra era menos que una curiosidad coleccionista, y se aceptó la perspectiva de grabadores y pintores que retrataban a Zapata con letreros y emblemas de “Tierra y Libertad” que en realidad le fueron extraños (el lema zapatista fue, durante nueve años de lucha, “Reforma, Libertad, Justicia y Ley”, con clara influencia del Programa del Partido Liberal publicado al mediar el año 1906).


         También los escritores nutrieron de signos. Jesús Sotelo Inclán escribió su Raíz y razón de Zapata, obra histórica en la que el héroe se explica como heredero de una añejísima tradición de posesión, uso y lucha por la tierra. Zapata, desde entonces, en la historiografía, la novela y el cine ha encarnado diversas explicaciones, desde la venganza ancestral indígena y el movimiento agrario de raíces prehispánicas, hasta la rebeldía autonomista de los zapatistas indígenas chiapanecos.


III



Sin embargo, es posible ver que la figura de Zapata, hombre-esperanza, trascendió incluso a la expansión urbana que devoró campos cañeros, a las antiguas haciendas, a los ejidos y pueblos campesinos al terminar el siglo XX. Sigue siendo un enigma la manera en que la biografía se desdobló en leyendas, y alguna de sus ramas narrativas y éticas, en mito. Es posible, sin embargo, apuntar algunos de sus caracteres.


         Todas las fuentes coinciden en que Emiliano Zapata, hijo de Gabriel Zapata y Cleofas Salazar, nació en Anenecuilco el 8 de agosto de 1879. Refiere John Womack que Anenecuilco era “una aldea tranquila, entristecida, de menos de 400 habitantes”, pueblo centenario, como otros de la región, al borde del colapso por el paso de la historia y el desarrollo de las haciendas. Dice también que la familia Zapata Salazar “llevaba en los huesos la historia de México”. Pero ese legado despertó en fecha incierta; el mismo Zapata confesó que desde los catorce años se había interesado por la política. La mitografía retrasa esa fecha inicial, al narrar que cuando niño vio a su padre llorar, víctima de la prepotencia hacendada. Los documentos históricos, por su parte, ubican la atención de Zapata por el destino de su entorno un lustro antes del levantamiento rebelde: 1906, cuando junto con los munícipes de Anenecuilco, Emiliano Zapata leyó la resolución legal que afirmaba que “los hacenderos colindantes paulatinamente se han introducido” en las poco más de 500 hectáreas de cultivo y pastizales que el pueblo poseía desde su “fundación antiquísima”.


         La tradición juega su papel constructor de relatos. Se sabe que Zapata fue caballerango, dedicado a la siembra y cosecha en pequeños terrenos propios, inquieto por la fuerza de una modernización que solamente favorecía a los hacendados y, sobre todo, por los abusos legales y factuales contra los pueblos que, como el suyo, sufrían los embates de las haciendas, símbolos de la modernidad del campo mexicano al amanecer del siglo XX. También fue reclutado en 1910 —los prolegómenos del proceso que marcaría su destino histórico y simbólico.


         Las circunstancias decidieron que representara a su pueblo en un litigio contra la hacienda de El Hospital, pelea legal que había recorrido los decenios sin que la justicia asomara el rostro. Era el año de 1910; conoció los documentos primordiales de Anenecuilco, y supo de las razones de su descontento. Entonces se sumó, en principio, a una rebelión que buscaba mejoras democráticas; él siempre peleó por la devolución de las tierras comunales. A su llamado acudieron miles de campesinos, cuyas vidas eran similares a las de él y cuyas historias pueblerinas se parecían a la de Anenecuilco: eran la cifra de una historia general que “se abre como una herida”, según la afortunada frase de Gastón García Cantú, llaga dolorosa del ser mexicano, aquella que atestiguaba la pobre suerte de los pueblos de origen indígena. En particular, al amanecer del siglo XX, la geografía de Morelos la hacían 37 haciendas y alrededor de un centenar de pueblos y rancherías.


IV



La rebeldía zapatista, fraguada un día de fiesta en marzo de 1911 en el estado de Morelos, es uno de esos raros pero definitivos acontecimientos que dejaron huella en la cultura, el espacio, las economías y la memoria. Con esa rebelión nació y creció, en un proceso de nueve años de lucha, buena parte del vocabulario político moderno sobre el campesino mexicano, el indio y el asunto agrario. También se tejió aquello que con lucidez Luis Cardoza y Aragón llamó el “brusco poema de Zapata”. Su efecto a mediano plazo fue el final de las haciendas —institución centenaria que vivía su exitoso apogeo tecnológico menos de un lustro antes de que se redactara el Plan de Ayala, documento que prefigura su extinción— y el surgimiento del campesinado con personalidad jurídica colectiva como interlocutor del Estado mexicano.


         Cuando Emiliano Zapata decidió pelear en favor de los campesinos, recayó en él una responsabilidad que entonces no había imaginado, la de vengar un remoto agravio. La secular injusticia que agotaba sin extinguir a los poblados indígenas, y que se creía surgió en el momento de la conquista española en el tercer decenio del siglo XVI, podía resolverse violentamente con esa revolución de 1911. Con el tiempo, la rebelión de Zapata buscaría el equilibrio social a través de la práctica de la justicia y del apego a las leyes que derivaban del escrito fundamental de la lucha, el Plan de Ayala. Su triunfo parecía posible y prometedor: la nueva vida de los pueblos de agricultores cerraba el último capítulo de un destino adverso y desgastante. Para Zapata y sus campesinos, esa “su revolución” era el fin de la historia, el zapatismo sería un ajuste de cuentas con la historia. Lo adivinaron las mentes más lúcidas de la revolución —la mayoría, cabe decirlo, en las filas de sus enemigos. No todos lo veían así, por supuesto: en la trinchera hacendada y entre el grueso de quienes los combatieron, el vocabulario denigrante floreció; al Atila del Sur siguieron los epítetos de bandidos, comevacas, conejos corredores, indios salvajes y vengativos, “pandilla azteca” (como los calificó tardíamente José Vasconcelos).


V



Casi diez años duró la guerra que libraron Zapata y sus campesinos. La propiedad de la naturaleza estaba en juego: la tierra es de quien la trabaja, fue su bandera; Reforma, Libertad, Justicia y Ley su lema de lucha. Buscaban un pedacito de felicidad, —para usar la frase con la que los calificó el general revolucionario Felipe Ángeles— en medio de una historia que les había escamoteado toda posibilidad de libertad, que significaba aguantar en silencio. En ese contexto, el de la Revolución mexicana de 1911-1919, la imagen de Zapata fue afinando su figura enorme. Tenaz, incorruptible, valiente, la personalidad de Zapata se convirtió en sinónimo de justicia posible para los campesinos. Ya entonces su biografía, todavía controvertida, se escribía por encima de las haciendas y los hacendados, los verdaderos derrotados de la Revolución.


         En la recuperación de la geografía pueblerina de Morelos y en el resarcimiento de los orígenes como sentido de la historia, había que aplicar los artículos 6º, 7º y 8 º del Plan de Ayala: regresar y dotar, en su caso, tierras, montes y aguas a los pueblos; a los hacendados enemigos de la Revolución la aplicación de la justicia se extremó y se les incautaron sus propiedades. Se devela así el espíritu del zapatismo: se concebía a sí mismo como instrumento de la de justicia que resarcía un espacio legal abandonado por la corrupción, el desgano y la ignorancia de siglos. Entonces Zapata adquirió su perfil más característico: su historia se explica no a partir del Plan de San Luis Potosí del maderismo sino desde el primer despojo de campos y aguas en el siglo XVI. Su biografía se extendía cuatro centurias al proceder a la restitución de las tierras (rehacer “la mapa”, es decir, la pictografía del fundo legal virreinal). Ello explica, dicho sea entre paréntesis, la breve e intensa participación de los “agrios”, ingenieros y estudiantes de agricultura que en 1915 formaron las comisiones agrarias zapatistas encargadas de regularizar documentos legales de posesión de los pueblos; entre los “agrios” destacaron Marte R. Gómez y el futuro mártir yucateco, Felipe Carrillo Puerto.


         Tal vez en parte tuviera razón Enrique Krauze al afirmar que entre 1914 y 1916 la idea de Zapata fuera conservadora. Es razonable para la geografía que se recuperaba; no lo es para el programa que se planteaba como estructura de gobierno —que de haberse practicado sería inaugural, no regresivo: “Zapata no quiere llegar a ningún lado: quiere permanecer. Su propósito no es abrir las puertas al progreso […] sino cerrarlas: reconstruir el mapa mítico de un sistema ecológico humano en donde cada árbol y cada monte estaban allí con un propósito; mundo ajeno a otro dinamismo que no fuera el del diálogo vital con la tierra. […] No es un mapa productivo lo que busca: es un lugar mítico, es el seno de la Madre Tierra y su constelación de símbolos”, escribió Krauze. Sin embargo, también es cierto que Zapata pugnó por la producción de azúcar en los ingenios y por desdoblar la liga armada de comunidades que descubrió Womack a la confederación de pueblos autónomos, en un modelo hasta ahora incomparable porque no ha existido históricamente —y que por tanto, no es regresivo.


         En el espacio zapatista se buscó construir un país ideal. Construcción paralela a los sucesos de la guerra y de la administración de Zapata: más de un centenar de decretos de ley buscaron ahuyentar el espectro del caos: desde la firma del Plan de Ayala, desfilaron las órdenes y las leyes que edificaban el orden regional. Y entre 1915 y 1916, se proyectaron —en papel, por lo pronto, “hasta que el Congreso pueda legislar al triunfo de la Revolución”— las bases institucionales de lo que creyeron sería el futuro nacional. Destacan por ejemplo, las leyes del Consejo Consultivo Nacional derivado del gobierno de la Soberana Convención Revolucionaria: Ley sobre Accidentes de Trabajo; Ley Agraria (que reconoce la personalidad jurídica de los pueblos, rancherías y comunidades; las superficies máximas de propiedad por clima y tipo de tierra; la expropiación de bosques y montes; la pérdida de la tierra al cabo de dos años de inactividad); Ley General sobre Funcionarios y Empleados Públicos; Ley General del Trabajo (descanso dominical, jornada de ocho horas y salario remunerador); Ley de Supresión del Ejército Permanente (sustituye por Guardia Nacional); Ley sobre Asistencia Pública. Ley sobre Generalización de la Enseñanza; Ley General sobre la Administración de Justicia (cárceles como espacios de regeneración; abolición de la pena de muerte); Ley sobre Fundación de Escuelas Normales en los Estados. Ley sobre el Matrimonio; Ley de Imprenta (contra la censura)… En 1917 se publicaron, firmados por Zapata, el Decreto sobre derechos de los Pueblos, la Ley sobre Libertad Municipal, Ley Orgánica para los Ayuntamientos de los Estados, que descubren el organigrama del sistema gubernativo de la República que plantearon los zapatistas: en dos espacios soberanos recaía el verdadero poder político mexicano, el de los ayuntamientos y sus consejos regionales y estatales, y el legislativo general.


         Es posible notar un tópico más en la inclinación legalista de Zapata: la urgencia de administrar la justicia. Tan sólo la guerra y sus viscicitudes, incluidas las muy evidentes pugnas internas que —tan ruda como entre los constitucionalistas y los villistas, dicho sea de paso— llevaron a la muerte a los más importantes protagonistas de la revolución campesina, ocuparon mayor terreno en las preocupaciones del caudillo, en la documentación histórica y en la memoria colectiva.


         Hacia finales de 1918 y comienzos de 1919, Zapata buscaba atar alianzas con otras fuerzas revolucionarias, tan minoritarias como dispersas por el país. Sólo la posibilidad de repunte de Álvaro Obregón parecía en potencia lo suficientemente fuerte como para oponerse al gobierno de Carranza; no es posible saber, por ahora, hasta dónde tendió sus hilos hacia el sur, hacia un Zapata acorralado militarmente aunque simbólicamente firme. Entre febrero y marzo de 1919, Zapata publicó su apoyo al viejo revolucionario Vázquez Gómez. Fue el último llamado a la opinión nacional. El coronel Jesús Guajardo selló el destino de Zapata al matarlo hacia las dos de la tarde del jueves 19 de abril.


VI



Es posible suponer que la memoria apela a la naturaleza creadora de explicaciones sobre el pasado que es motor de las leyendas y los mitos: es una “misma linfa mitológica que circula y se mezcla en la maraña inextricable de las ideologías aparentemente contrapuestas”, para usar las palabras de Italo Calvino. Zapata, como personaje simplemente historiográfico, se delinearía como una sombra —la sombra de un caudillo—; como discurso político, lo vemos todo el tiempo, está petrificado. Su figura, como toda reconstrucción arqueológica, se ve muerta. Pero como signo semántico, cuya materia es la amalgama de símbolos, se ajusta a las necesidades narrativas de una historia vuelta mito: es el protagonista del capítulo final de un pasado que se clausuró, que llegó a su término con el final de las haciendas y el regreso de las tierras a la geografía pueblerina. La suya es una historia superada, y la memoria de su figuar, enorme, es la de la esperanza de que hay males que duran más de cien años, pero que no son eternos. Zapata, sin que se haya escrito bien a bien esa historiografía, se proyectó hacia el siglo XXI como personificación de la Némesis de la injusticia y como principio de la esperanza. Dejó de ser sólo un habitante efímero de un momento fugaz de la Revolución para hundirse otra vez en las entrañas de la historia mexicana. Quizá pueda repetirse sin disimulo aquella frase de Borges, que es tanto un deseo como una tendencia: Zapata es un jeroglífico que habrá de incorporarse “a la memoria general de la especie”, más allá de la historiografía y más allá de la existencia de los idiomas en que han sido escritas sus diversas biografías.

Emiliano Zapata y la Revolución Agraria del Sur

Emiliano Zapata y la Revolución Agraria del Sur
Por Edgar Rojano




Nunca ha habido un hombre
más íntimamente ligado a la historia de su pueblo
que Emiliano Zapata.
Jesús Sotelo Inclán.


Cierta ocasión don Gabriel Zapata lloraba desconsolado por la pérdida de las tierras del pueblo de Anenecuilco a manos de los “poderosos amos” de las haciendas azucareras; su pequeño hijo Emiliano, que presenciaba la escena, juró que cuando fuera grande habría de conseguir que les restituyeran sus tierras. No pasaría mucho tiempo para que cumpliera con su promesa.


          Emiliano Zapata nació el 8 de agosto de 1879 en el pueblo de Anenecuilco, de la Villa de Ayala; muy joven, a los treinta años, fue electo por sus vecinos como representante para la defensa de las tierras de su pueblo que, como otros muchos del estado de Morelos, luchaban contra la voracidad de las haciendas cañeras.


          Miliano, como le decían cariñosamente, pertenecía a una familia cuyas raíces podían rastrearse hasta los días de la lucha por la Independencia nacional. Personalmente había colaborado en la solución de los problemas de su comunidad y simpatizado con la oposición política en Morelos; tenía unas cuantas hectáreas que trabajaba por sí mismo. Gustaba de los caballos. La inglesa Rosa King, dueña del Hotel Buena Vista de Cuernavaca y que conoció personalmente a Zapata, recuerda que “era moreno, como suelen serlo los hombres de Cuautla, y bajo el bigote negro y espeso relucían los hermosos dientes blancos. Vestía el traje de charro de los rancheros, siempre pulcro…”


          Zapata pronto tuvo que actuar, a mediados de 1910 y ante la negativa de los dueños de la Hacienda del Hospital para permitir la siembra de temporal, decidió el reparto de tierras. Las reivindicaciones campesinas pronto coincidirían con el reclamo de “Sufragio Efectivo. No Reelección” enarbolado por Francisco I. Madero. Durante los días de feria en Villa de Ayala, en marzo de 1911, Pablo Torres Burgos, Rafael Merino y Emiliano Zapata se amotinaron; a partir de ese momento empezaron a sucederse los levantamientos en varias partes del estado. El acercamiento con el maderismo llenó de esperanza a los campesinos morelenses pues esperaban el cumplimiento del Plan de San Luis, en el sentido de que era de toda justicia restituir a sus antiguos dueños los terrenos de los que habían sido despojados de un modo tan arbitrario. Sólo que la promesa maderista nunca pudo cumplirse, lo que provocó el distanciamiento con Zapata y los suyos.


          Madero, el demócrata pasó a ser, a ojos de los zapatistas, un traidor a la Revolución. Para reivindicar los ideales, los revolucionarios de Morelos promulgaron el 25 de noviembre de 1911 el Plan de Ayala que sintetiza sus aspiraciones:


          Como parte adicional del plan que invocamos, hacemos constar que los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la justicia venal, entrarán en posesión de esos bienes inmuebles desde luego, los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos, correspondientes a esas propiedades, de las cuales han sido despojados por la mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance con las armas en la mano la mencionada posesión, y los usurpadores que se consideren con derecho a ellos lo deducirán ante los tribunales


Como parte adicional del plan que invocamos, hacemos constar que los terrenos, montes y aguas que hayan usurpado los hacendados, científicos o caciques a la sombra de la justicia venal, entrarán en posesión de esos bienes inmuebles desde luego, los pueblos o ciudadanos que tengan sus títulos, correspondientes a esas propiedades, de las cuales han sido despojados por la mala fe de nuestros opresores, manteniendo a todo trance con las armas en la mano la mencionada posesión, y los usurpadores que se consideren con derecho a ellos lo deducirán ante los tribunales
especiales que se establezcan al triunfo de la Revolución.
          A partir de ese momento, el Plan de Ayala se convirtió en la bandera que los zapatistas empuñarían en contra de los sucesivos gobiernos revolucionarios. Esta defensa tenaz de los principios agrarios resultó incomprensible para muchos personajes de la época, no así para los campesinos quienes sentían un profundo apego a su tierra. El general Zapata se lo hizo saber a Francisco Villa durante su entrevista en Xochimilco, el 4 de diciembre de1914: “Le tienen mucho amor a la tierra. Todavía no lo creen cuando se les dice: Esta tierra es tuya. Creen que es un sueño. Pero luego que hayan visto que otros están sacando productos de estas tierras dirán ellos también: Voy a pedir mi tierra y voy a sembrar. Sobre todo ése es el amor que le tiene el pueblo a la tierra. Por lo regular toda la gente de eso se mantiene.”
          Durante la utopía zapatista en Morelos se decretó que los pueblos tienen derecho a elegir libremente a sus autoridades; se decretó la libertad municipal; se echaron a andar los ingenios azucareros para el beneficio colectivo; pero lo más importante: se buscó redimir a la raza indígena devolviéndole la tierra y con ello la libertad. En plena Revolución y bajo sus usos y costumbres, los zapatistas iniciaron el reparto de parcelas. La Revolución les empezaba a hacer justicia.
          Pero los tiempos eran difíciles para el zapatismo. En febrero de 1917 un Congreso Constituyente convocado por Venustiano Carranza promulgó la nueva Constitución de la República que contiene reformas agrarias. Por otro lado, los revolucionarios de Morelos se encontraban aislados y debilitados militarmente.
          En ese contexto, el general Emiliano Zapata recibió una petición de Jesús Guajardo, coronel que obraba bajo el mando del general carrancista Pablo González, para unirse a sus filas. Zapata aceptó y para sellar el pacto decidieron reunirse en la hacienda de Chinameca el 10 de abril de 1919. El relato de la traición es estremecedor: “El clarín tocó tres veces llamada de honor, al apagarse la última nota, al llegar el General en Jefe al dintel de la puerta… a quemarropa, sin dar tiempo para empuñar ni las pistolas, los soldados, que presentaban armas, descargaron dos veces sus fusiles y nuestro inolvidable General Zapata cayó para no levantarse más.”
          La noticia corrió como reguero de pólvora, y a pesar de que su cuerpo fue exhibido en el palacio municipal de Cuautla, la incredulidad –o más bien la negación a perder a un miembro de la familia- se apoderó de los zapatistas. Desde entonces, cuenta la leyenda, y hasta hoy en día, se sabe que Zapata no murió, que un compadre suyo se lo llevó a Arabia, donde todavía anda cabalgando, haciendo soñar a la historia.

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Grito de libertad, por José Manuel Villalpando

En el año de 1810, Miguel Hidalgo convocó a los mexicanos a levantarse para acabar con la opresión y alcanzar la libertad, al grito de ¡Viva la Independencia!, que significaba la esperanza de un futuro mejor, y al grito también de ¡Muera el mal gobierno!, que representaba la inmediatez de los sufrimientos del pueblo.
Al cura de Dolores se le unieron miles de mexicanos por todo el territorio, encabezados por Ignacio Allende, Juan Aldama, Josefa Ortiz de Domínguez, Mariano Jiménez, José Antonio Torres, José María González de Hermosillo, Ignacio López Rayón, José María Mercado, Francisco Osorno y José María Morelos y Pavón.
Al lado de este último, el Siervo de la Nación, los más distinguidos mexicanos de entonces resolvieron luchar para alcanzar la meta de la libertad, guiados por el espíritu inspirador de su Generalísimo. Así, cerraron filas en torno de él personajes inolvidables como Hermenegildo Galeana, Nicolás Bravo, Mariano Matamoros, Guadalupe Victoria, Andrés Quintana Roo, Leona Vicario y Vicente Guerrero.
Todos ellos, desde que Hidalgo gritó en Dolores, decidieron sacrificar hasta la vida con tal de conseguir la Independencia, a la que entendían como el medio indispensable para alcanzar un objetivo superior y la razón de ser del movimiento insurgente: ser libres para poder mejorar y aumentar la calidad de vida de los mexicanos.
Pensaban que la dominación española era el obstáculo que impedía el progreso y la igualdad, el reparto de las riquezas de nuestro suelo y la distribución justa de sus beneficios materiales.
Por ello hicieron la guerra: para alcanzar la libertad, creyendo que una vez conseguida ésta, podría implantarse la justicia efectiva sin importar la clase social, eliminarse la pobreza y asegurar las oportunidades para todos; desaparecerían así y para siempre la discriminación, la corrupción y el despotismo.
Los hombres que, gracias al movimiento iniciado en 1810, nos dieron patria y libertad, tenían muy claros los valores por los cuales luchaban y con los que deseaban construir un México diferente. Así lo entendió el padre Hidalgo cuando explicó que el nuevo gobierno, surgido de la Independencia, tendría como obligación fundamental “los altos fines que anuncia la prosperidad” de los mexicanos, como premisa obligada para poder dar inicio a nuestra “regeneración”, según lo señaló Morelos.
Con la Independencia se conseguiría la libertad, “lo más estimable y lo más precioso que puede tener el hombre”, como decía Miguel Hidalgo; porque ser libres es un derecho, un derecho inalienable concedido a todos los seres humanos por “el Dios de la naturaleza”, como repetía incesantemente el propio párroco de Dolores, razón por la cual Morelos sintió el deber de defender esa libertad “que nos concedió el Autor de la naturaleza, la cual es conveniente e indispensable para el bien de nuestra noble y generosa nación”.
Con la Independencia, se conseguiría la igualdad, virtud y derecho practicado desde siempre por Hidalgo, quien fue acusado por “la igualdad con que trataba a todos”, y que una vez estando al frente del movimiento, declararía “iguales a todos los americanos, sin la distinción de castas que adoptó el fanatismo”, igualdad que fue sentida y entendida de manera aún más perfecta y profunda por José María Morelos, con aquellas palabras inmortales: “Quiero que hagamos la declaración de que no hay otra nobleza que la de la virtud, el saber, el patriotismo y la caridad; que todos somos iguales, pues del mismo origen procedemos; que no haya privilegios ni abolengos”.
Con la Independencia, se conseguiría la justicia, asunto de capital importancia en toda sociedad y el primer reclamo de los ciudadanos. Del movimiento iniciado en el año de 1810, recibimos como herencia la claridad del pensamiento de Morelos. De él son estas palabras, que reflejan las aspiraciones de todo un pueblo: “que todo el que se queje con justicia, tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario”.
Con la Independencia, se conseguirían buenas leyes, indispensables para garantizar la armonía social y la prosperidad. Hidalgo pedía “leyes suaves, benéficas y acomodadas a las circunstancias de cada pueblo”. Morelos, por su parte, depositaba su confianza en las buenas leyes: “Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto”. Por eso, en la Constitución de Apatzingán quedó establecido que “La ley es la expresión de la voluntad general en orden a la felicidad común”.
Con la Independencia, se conseguiría un buen gobierno, puesto que si Hidalgo animó a sus feligreses a levantarse en armas contra el mal gobierno, ésta había sido la razón eficiente y práctica del movimiento. Por eso el cura de Dolores imaginaba que las autoridades emanadas de la Independencia nos “gobernarán con la dulzura de padres, nos tratarán como a sus hermanos, desterrarán la pobreza, moderando la devastación del reino y la extracción de su dinero, fomentarán las artes, se avivará la industria, haremos uso libre de las riquísimas producciones de nuestros feraces países”. Morelos, por su parte, hablaba de la “buena administración”, y sus ideas fueron recogidas y perfeccionadas por el Congreso de Anáhuac, el que, en su documento constitucional, plasmó una definición espléndida: “La íntegra conservación de estos derechos [igualdad, seguridad, propiedad y libertad] es el objeto de la institución de los gobiernos, y el único fin de las asociaciones políticas”.
Con la Independencia, se conseguiría abatir la pobreza, pues de otra forma, ¿para qué habrá exhortado el padre Hidalgo, la madrugada del 16 de septiembre, a sus huestes con estas palabras: “Mírense las caras hambrientas, los harapos, la triste condición en la que viven”? ¿Para qué convocar a los que él, con “ánimo piadoso”, llamaba “miserables”? Ésa era una de las preocupaciones centrales de Morelos, quien exigía moderar la opulencia y la indigencia, aumentar el jornal del pobre y mejorar sus costumbres.
Con la Independencia, se conseguiría que todos pudiesen tener educación, pues los que lo conocieron, aseguraron que la educación era el “delirio” del padre Hidalgo, ya que incesantemente repetía “que por mucho que hicieran los gobernantes, nada serían si no tomaban por cimiento la buena educación del pueblo, que ésta era la verdadera moralidad, riqueza y poder de las naciones”. Para Morelos, la educación resultaba ser la condición de existencia de la nueva nación al exigir que se impartiera a todos por igual: “que se eduque a los hijos del labrador y del barretero como a los del más rico hacendado”. Por eso, desde nuestra primera Constitución, la de 1814, quedó establecido este mandato supremo: “La instrucción, como necesaria a todos los ciudadanos, debe ser favorecida por la sociedad con todo su poder”.
Con la Independencia, se conseguiría la felicidad, no como una ilusión ni una quimera, sino como algo eminentemente práctico y tangible, como se atrevieron a postularlo los diputados que participaron en el Congreso de Anáhuac, bajo la inspiración de Morelos: “La felicidad del pueblo y de cada uno de los ciudadanos consiste en el goce de la igualdad, seguridad, propiedad y libertad”.
Para alcanzar la Independencia y dar vida a todos estos sueños, era indispensable la unión, como lo deseaba el padre Hidalgo: “para conseguirlos —decía—, no necesitamos sino unirnos. Si nosotros no peleamos contra nosotros mismos, la guerra está concluida y nuestros derechos a salvo. Unámonos, pues, todos los que hemos nacido en este dichoso suelo”.

Homenaje a los Restos de los Héroes de la Patria

Conoce la opinión del Dr. Carlos Herrejón Peredo, Miembro de la Academia Mexicana de la Historia, sobre el Homenaje a los Restos de los Héroes de la Patria
Yo pienso que desde luego ha sido una oportunidad para rendir un homenaje a estos próceres, varios de los cuales ofrendaron su vida por la causa de la independencia; y otros la arriesgaron.
Porque hemos de saber que los restos de estos próceres por una parte son algunos, no todos, de los que sellaron con su sangre el compromiso por la causa de la independencia. Y otros más que estuvieron en las filas de la insurgencia como Guadalupe Victoria, Nicolás Bravo, Andrés Quintana Roo, Leona Vicario, que aun cuando no hayan muerto mártires de la causa, sin embargo, consagraron su vida a las mejores causas de esta misión.
Ahora bien, yo pienso que los próceres tienen un doble significado: por un lado, desde el punto de vista individual, y por otro, desde el punto de vista de representación colectiva.
Por un lado, ellos en lo personal, tomaron la opción de lanzarse a una lucha en lo cual sacrificaban intereses particulares, en bien de una causa común. Hidalgo lo dice muy claramente en el manifiesto de respuesta al edicto de la Inquisición: “Yo disfrutaría de una vida dulce, si no me hubiera llamado la necesidad de la libertad de mi Patria”.
De manera que hemos de reconocer, eso es justo y necesario, reconocer el valor que tuvieron los próceres para lanzarse a una lucha en donde se jugaba el bien común de la Patria.
Esto no podemos pasarlo por alto; y reconocer esto no significa una adoración de los héroes, es simplemente un reconocimiento; lo cual tampoco significa que vayamos a hacer a un lado y a desconocer sus limitaciones, sus faltas.
Yo pienso que el tributo que les debemos dar es un tributo racional, es un tributo también emotivo; y en lo racional también va el reconocimiento de sus deficiencias, pero no por el reconocimiento de esas deficiencias vamos a ignorar lo positivo, y es lo que tenemos que ponderar, tenemos que ponderar lo positivo en la vida y en la gesta de los próceres.
Eso por una parte en el terreno de lo individual, pero además, hemos de ver a los próceres como algo emblemático, ellos no solamente están significando su propia opción, sino que ellos representan a muchos otros de los mismos próceres, cuyos restos no están ahí, desde luego, hay muchos otros, de los mandos medios, cuyas biografías todavía en no pocos casos están por hacerse, y de las bases sociales. Entonces el rendir el homenaje a los restos de Hidalgo, de Morelos y demás, es un rendir un homenaje a todo el pueblo mexicano que se levantó en armas.
Naturalmente entonces no vamos a ceñir nuestro reconocimiento a unas individualidades. Sabemos muy bien que la historia no es el resultado simple de las grandes individualidades; es el resultado de complejos procesos sociales donde hay muchos grupos humanos, donde las bases sociales son muy interesantes, importantes, imprescindibles.
De manera que este reconocimiento que se ha hecho, que se hace y que se seguirá haciendo a los próceres, tenemos que verlo y ponderarlo también como un homenaje a todos esos insurgentes desconocidos, sin nombre; hemos de ver entonces que es el homenaje de estas nuevas generaciones a las generaciones de entonces, representadas en los restos de nuestros próceres.
Yo pienso que el movimiento de Independencia fue un movimiento popular; un movimiento popular en donde no entraron únicamente élites, aun cuando, obviamente, sí había una dirigencia, pero fue un movimiento popular en donde, también es cierto, no todos los grupos tenían a veces los mismos objetivos.
Pero finalmente el bienestar, la independencia, la libertad, de los distintos grupos o de toda la nación, era cosa como denominador común. De manera que este movimiento popular generó toda una tradición en las generaciones siguientes y que alcanzan hasta nuestros días.
Y además, naturalmente, se fue creando también un imaginario nacional que es parte de la construcción de nuestra nacionalidad, en donde la unidad de estos muchos méxicos tiene una de sus explicaciones. Es decir, a pesar de las diferencias, muchas de ellas muy legítimas que hay en las diferentes regiones y grupos de este país, también hay denominadores comunes que hacen posible el hablar de una nación y de una patria, y consiguientemente aquí en este nacionalismo mexicano, fincado en el reconocimiento de los próceres, está uno de los puntales más importantes de la unidad nacional. De manera que también lo tenemos que considerar desde ese punto de vista.
Pero aparte, yo veo también otro significado muy relevante en los próceres y consiguientemente en el homenaje de sus restos: es la exigencia que significan para nosotros, los valores por los que ellos vivieron y murieron.
Ya desde los discursos septembrinos del Siglo XIX, podemos ver y advertir que frecuentemente se dice bueno, la independencia que ellos nos legaron es algo que tenemos que seguir construyendo; es decir, la independencia, la libertad, la justicia, todos estos valores por los que ellos lucharon, en cuanto a ellos, hicieron lo que les correspondía, pero para nosotros, el recordar a los héroes, la veneración por los héroes, no es algo meramente romántico ni debe ser una fuga de nuestras responsabilidades actuales, al contrario, es un llamamiento a seguir construyendo la independencia, la libertad de este país, ante las nuevas formas de dependencia, las nuevas formas de esclavitud y de injusticia. De manera que los héroes son un recordatorio para que nosotros movamos nuestra voluntad a seguir construyendo con esos valores, este país.
Yo espero que sea un trabajo hecho con profesionalismo, y no me cabe la menor duda que el Instituto Nacional de Antropología e Historia cuenta con gente profesional, con los instrumentos, si no los tiene, pues las instancias a las cuales puede acudir, para hacer el mejor estudio posible, y la preservación e identificación de los restos de estos próceres.
Porque si echamos un vistazo a la suerte que han corrido estos restos, pues es evidente la necesidad de un estudio porque no es tan simple la situación, no es nada más que los trajeron en 1823, sino que sabemos también que posteriormente hubo la acumulación, ya en la Columna, de otros restos, pero cuando se trasladaron de distintas partes del país a la Catedral Metropolitana, después de eso hubo también algunos otros momentos en que abrieron la cripta para depositar más restos, para acomodarlos y demás, y lo que sabemos de los datos históricos de lo que sucedió en 1895, 1900 y luego 1925, pues todo eso plantea la necesidad, que de ninguna manera es un agravio ni profanación, ni nada, al contrario, es una muestra del reconocimiento que debemos de dar los mexicanos actuales a las reliquias de nuestros próceres. se encuentra en:

SENTIMIENTOS DE LA NACIÓN

 

Que la América es libre independiente de España y de toda otra Nación, Gobierno o Monarquía, y que así se sancione, dando al mundo las razones.

Que la religión católica sea la única, sin tolerancia de otra.

Que todos sus ministros se sustenten de todos y solos los diezmos y primicias, y el pueblo no tenga que pagar más obvenciones que las de su devoción y ofrenda.

Que el dogma sea sostenido por la jerarquía de la iglesia, que son el Papa, los Obispos y los Curas, porque se debe arrancar toda planta que Dios no plantó: omnis plantatis quam nom plantabit Pater meus Celestis Cradicabitur. Mat. Cap. XV:

Que la Soberanía dimana inmediatamente del Pueblo, el que sólo quiere depositarla en el Supremo Congreso Nacional Americano, compuesto de representantes de las provincias de números.

Que los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial estén divididos en los cuerpos compatibles para ejercerlos.

Que funcionarán cuatro años los vocales, turnándose, saliendo los más antiguos para que ocupen el lugar los nuevos electos.

La dotación de los vocales, será una congrua suficiente y no superflua, y no pasará por ahora de ocho mil pesos.

Que los empleos sólo los americanos los obtengan.

10º Que no se admitan extranjeros, si no son artesanos capaces de instruir y libres de toda sospecha.

11º Que los Estados mudan costumbres y, por consiguiente, la Patria no será del todo libre y nuestra mientras no se reforme el Gobierno, abatiendo el tiránico, substituyendo el liberal, e igualmente echando fuera de nuestro suelo al enemigo español, que tanto se ha declarado contra nuestra Patria.

12º Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro Congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto.

13º Que las leyes generales comprendan a todos, sin excepción de cuerpos privilegiados; y que éstos sólo lo sean en cuanto al uso de su ministerio.

14º Que para dictar una ley se haga junta de sabios en el número posible, para que proceda con más acierto y exonere de algunos cargos que pudieran resultarles.

15º Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud.

16º Que nuestros puertos se franqueen a las naciones extranjeras amigas, pero que éstas no se internen al Reino por más amigas que sean, y sólo habrá puertos señalados para el efecto, prohibiendo el desembarque en todos los demás, señalando el diez por ciento.

17º Que a cada uno se le guarden sus propiedades y respete en su casa como en un asilo sagrado, señalando penas a los infractores.

18º Que en la nueva legislación no se admita la tortura.

19º Que en la misma se establezca por Ley Constitucional la celebración del día 12 de diciembre en todos los pueblos, dedicado a la Patrona de nuestra Libertad, María Santísima de Guadalupe, encargando a todos los pueblos, la devoción mensual.

20º Que las tropas extranjeras o de otro Reino no pisen nuestro suelo, y si fuere en ayuda, no estarán donde la Suprema Junta.

21º Que no hagan expediciones fuera de los límites del Reino, especialmente ultramarinas; pero (se autorizan las) que no son de esta clase, (para) propagar la fe a nuestros hermanos de Tierra dentro.

22º Que se quite la infinidad de tributos, pechos e imposiciones que nos agobian, y se señale a cada individuo un cinco por ciento de semillas y demás efectos u otra carga igual, ligera, que no oprima tanto, como la Alcabala, el Estanco, el Tributo y otros; pues con esta ligera contribución, y la buena administración de los bienes confiscados al enemigo, podrá llevarse el peso de la guerra y honorarios de empleados.

Chilpancingo, 14 de septiembre de 1813.
José María Morelos.
(Rúbrica)

23º Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la Independencia y nuestra santa Libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se desplegaron los labios de la Nación para reclamar sus derechos con espada en mano para ser oída; recordando siempre el mérito del grande héroe, el señor Dn. Miguel Hidalgo y su compañero Dn.Ignacio Allende.

Repuestas en 21 de noviembre de 1813. Y por tanto, quedan abolidas éstas, quedando siempre sujetos al parecer de S.A.S